Lleva el dorsal 8 y 43 años en la espalda. A mediados de 2016, ya terminadas las Olimpiadas de Río, la mediocampista brasileña Formiga estaba lista para jubilarse. Era una decisión lógica, pues ya tenía 38 años (en el fútbol eso es ser casi de tercera edad) y había jugado, entre otras copas, en seis mundiales y seis olimpiadas.
Vadão, seleccionador de las brasileñas, le pidió que lo reconsiderara y Formiga se puso a meditarlo. Pensó que seguía jugando como en su mejor momento, aún después de veinticinco años en el deporte. Pensó en los avances constantemente frustrados para el fútbol femenil y en el estado tan precario de los derechos de las mujeres en su hogar, Brasil.
Entonces decidió regresar para su séptima Copa Mundial de Fútbol en 2019. Formiga se convirtió en la futbolista de mayor edad en competir en el torneo femenino. También se convirtió en la segunda persona de mayor edad —entre hombres y mujeres— en disputar un partido mundialista fuera de la posición en portería.
Un aficionado fue quien le puso el apodo de Formiga (hormiga en portugues) a Miraildes Maciel Mota (Salvador de Bahía, 1978) después de ver cómo se movía en el campo: manejaba los tiempos desde centro con un ritmo armonioso, infatigable y efectivo. “Al principio no me gustaba mucho. Pensé que era raro. ‘¿Qué, tengo antenas?’, recuerda. Hasta que se rindió y aceptó que la llamen así.
Formiga tuvo una infancia difícil. Su padre murió cuando ella apenas tenía ocho meses y su madre trabajaba en una fábrica de medicamentos para criarla junto a sus tres hermanos. Comenzó jugando al fútbol con siete años en las calles de su barrio, con sus vecinos, el apoyo de su madre y la oposición de sus ñaños.
Un ojeador la vio jugar siendo adolescente y le propuso mudarse a São Paulo donde, con 15 años, comenzaría una carrera que la llevaría a recorrer medio mundo. Ha jugado en 13 equipos de cuatro países diferentes: Brasil (São Paulo, Portuguesa, Santa Isabel, Santos, Saad, Botucatu, São José), Suecia (Malmö), Estados Unidos (New Jersey Wildcats, Sky Blue, Gold Pride, Chicago Red Stars) y Francia (París Saint-Germain).
Su longevidad es muestra de su impulso impresionante y una habilidad descomunal, pero también exhibe los problemas que enfrentan las mujeres en su desarrollo en un país que, en el plazo de ocho copas del mundo, no ha producido una futbolista suficientemente capaz para remplazarla.
El pasado 21 de julio no fue un día más. Brasil goleó 5-0 a China en el estreno del balompié femenino en Tokio y no fue un partido cualquiera para Formiga. Debía acordarse de su estreno en el torneo, en los Juegos de 1996, entonces con el pelo corto y rizado, teñido de naranja, nada que ver con el largo, liso y negro que exhibe ahora.
El resto sigue intacto. Sus pies son los mismos y dan la pausa y el criterio en el centro del campo de la selección brasileña. Es, supuestamente, la penúltima parada de la centrocampista, que este año dejó el PSG para regresar a Brasil, al São Paulo, a su casa, 21 años después de triunfar entre Europa (Suecia y Francia) y sobre todo Estados Unidos.
Formiga es la futbolista brasileña con más internacionalidades (197 partidos y 67 goles). En ese periplo, su palmarés contempla cinco Copas América (y un subcampeonato), tres Juegos Panamericanos (y un subcampeonato), dos medallas de plata olímpicas y segundo y un tercer puesto en la Copa del Mundo.
Formiga es la futbolista más veterana de Tokio 2021, liderando una selección de Brasil donde la más joven es Gio Queiroz, jugadora del Barcelona, que tiene 18 años, veinticinco menos que ella. Desde que el fútbol femenino ingresó en el programa olímpico, Formiga ha estado presente en todas las citas: Atlanta 1996, Sidney 2000, Atenas 2004, Pekín 2008, Londres 2012, Río 2016 y Tokio 2021.

